15 de junio de 2017

Roberto Durán

Roberto Durán está entre los diez primeros en todas las listas de mejores boxeadores que se han publicado los últimos años. En ninguna es el primero.

El héroe panameño, sin embargo, encabeza la mía. Encaja con precisión en el molde de lo que considero un boxeador perfecto. O casi perfecto, concediendo que no hablamos de robots y que en todos los hombres del ring ha habido flaquezas y errores. Mike Tyson también dice que 'Manos de Piedra' es su boxeador preferido.

De gallo a crucero, de 52 a 80 kilos, durante 33 años, se batió con rivales de doce categorías; en seis de esos pesos peleó con los mejores de su tiempo. Hizo 119 peleas, ganó 103. Despreció lo que más cuida un boxeador que se cuida, el equilibrio en el peso con el enemigo. Ken Buchanan, Esteban De Jesús, Carlos Palomino, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Davey Moore e Irán Barkley son las referencias de sus grandes noches.

Hay siempre mucho de gusto personal en la confección de listas. Durán es el que más me gusta en el grupo de los que cualquiera puede ser elegido; el de los excepcionales, los semidioses. Ponga usted en número uno a Willie Pep, a Ray Robinson, a Jack Dempsey, a Henry Armstrong, a Benny Leonard, a Muhammad Alí y no le diré que está loco. Le diré “Está bien, puede ser, eligió usted a un inmortal”.

Desde siempre parece obligación decir que el mejor fue Sugar Ray Robinson. Es una gran elección, pero si Robinson es un buen candidato Durán también lo es, y es el mío. No olvido que existe el pasado, y sé que entre 1,400 campeones mundiales que ha habido son muchos los que pueden competir en cualquier discusión. Jack Johnson y Joe Louis entre los pesos completo; Harry Greb, Stanley Ketchel, Mickey Walker y Carlos Monzón en peso medio; en welter Barney Ross; en superligero Julio César Chávez; en ligero Joe Gans y Carlos Ortiz; en pluma Terry McGovern.

Roberto Durán se bajó del ring en la segunda con Leonard, no peleó, se fue a su casa. Algunos no se lo perdonan e interpretan esa catástrofe deportiva como un signo de cobardía, que yo no veo. Se necesitaba ser más valiente para dejar el ring, que para quedarse. Lo que hizo en la noche aciaga de Nueva Orleáns fue producto de la locura, no de la cobardía. Sucedió después de haber bajado 12 kilos en un sacrificio demencial, los últimos cinco en 72 horas de tomar diuréticos y no comer, ni beber.

No tengo que defenderlo, ni quiero. Hablo de un momento culminante en el boxeo de todos los tiempos, que manchó su carrera. Se bajó del ring sin medir lo que hacía, prescindiendo del menor compromiso con los millones que lo estaban viendo. Era Durán.

¿Cómo se elige entonces a quién es mejor peleador? Cuenta el de sus mejores noches, y algunas consideraciones periféricas que aportan al criterio. Robinson no podía perder con Paul Pender y perdió las dos veces que pelearon. Gene Tunney le ganó dos veces a Jack Dempsey, pero perdió una pelea con Harry Greb a quien aventajaba mucho en peso.

A los boxeadores se los mide por la oposición que tuvieron y los resultados logrados. Vemos el mejor que fueron, su máximo nivel, y lo ensamblamos con la trayectoria . Hay varios Durán que recordar. El primero fue el que en 1972, con 21 años e invicto en 28 peleas, se coronó campeón de peso ligero ganándole a Ken Buchanan en el Madison Square Garden. De ese título el 'Manos de Piedra' hizo 12 defensas exitosas, ganando 11 por nocaut. Fue su tiempo glorioso en el que unificó opiniones como el mejor peso ligero de la historia, superando lo imposible, relegar a Benny Leonard, a Tony Canzoneri y a Joe Gans.

Después vino el delirio, cuando apaleó y ganó la decisión a Sugar Ray Leonard en Montreal. Subió no favorito 5 a 1. Me gusta decir que ganó Durán “la única vez que pelearon”, porque en las otras dos peleas Durán no era Durán. Perdió con Leonard como Leonard perdió años más tarde con Terry Norris.

En 1983 Roberto Durán, de 32 años, 12 kilos arriba de su peso natural, peleó con Marvin Hagler, de 29, por el título medio. Hagler ganó por 1, 1 y 2 puntos en las tarjetas, tras 15 rounds. Al final del round 12 Durán iba ganando, pero las peleas todavía eran a 15. Casi seis años después conquistó ese título venciendo a Iran Barkley con comodidad.

Al final, ya se sabe, perdió 5 de sus últimas 15 peleas, por seguir en el ring a los 50 años de edad. No está mal si pensamos que Kid Gavilán fue un inmortal y de las últimas 15 perdió 9, yéndose a los 32. Y Robinson de las 15 del adiós también perdió 5, a los 44. Olivares perdió 6 en ese último tramo, y se fue a los 41.

A golpes Roberto Durán se convirtió en leyenda. Sobre el espasmo sin final que es su hazaña deportiva se yergue la figura del coloso que mira a la inmortalidad.

9 de mayo de 2017

Después de la pelea

En 1923 Jack Johnson fue bajado de un ring en La Habana por falta de acción en una pelea. Jack Johnson es, con seguridad, uno de los diez mejores peleadores de la historia.

Lo de Jack en aquel combate que refiero debe haber sido una mentada de madre, pero hay una diferencia importante con esta mentada similar ahora protagonizada por Julio César Chávez Junior el sábado: a la pelea de Johnson la vieron sólo 1,200 personas.

El daño que hoy hace el fracaso de una superpromoción, es monstruoso. Lastima al deporte, a los aficionados, a la industria de esta actividad y a decenas de miles de muchachos que viven o se superan o encuentran un destino en un boxeo sano y creíble.

Los reyes, los presidentes, los sacerdotes, los médicos, los arquitectos, los futbolistas, todos en esta vida tienen una responsabilidad. Chávez también la tenía, pero posiblemente no se hizo cargo. No hay nada a la vista que nos permita disculparle el valemadrismo de Las Vegas.

Fue fiel a su costumbre. Contra Maravilla Martínez, una vergüenza; contra Andrzej Fonfara, otra vergüenza; contra Brian Vera, otra vergüenza. Ahora, un espectáculo obsceno de impericia y deshonor.

Le habíamos perdido la confianza, hace mucho, está dicho en mi comentario anterior a la pelea en estas mismas páginas del ESTO. Pero la vida le daba con esta pelea una oportunidad última y generosa para reivindicar su pasado y construir su futuro.

Ya había sufrido el boxeo la explosión de una bomba con la mojiganga que escenificaron Floyd Mayweather y Manny Pacquiao hace dos años. Esto, lo del sábado, no era necesario.

La desilusión de la gente es una epidemia que corroe el universo de un deporte noble que tiene a cada paso ejemplos de mejores actores en sus entrañas.

Es fácil encontrar exponentes de combatientes suicidas que dieron y dan aliento, sangre y sacrificio a sus peleas. Hubo la Canelo-Chávez, que fue un ácido desacuerdo, pero hubo también la Salido-Vargas que fue una joyita y un ejemplo de entrega de dos valientes.

Sin embargo el enfado es tan grande que leyendo columnas y expresiones de los fanáticos parece que en el boxeo todo fuera timo y corrupción.

Cualquier peleador puede perder, y no hay nada que se señalarle si lo hace con honor. Pero lo que no se perdona es no entregar todo lo posible. Si Chávez no podía hacer nada más sobre el ring, si su cuerpo no le obedecía, mala suerte para él, porque está visto que nadie le soporta otra excusa. Pudo, en todo caso, poner la cara por delante y jugar la suerte final, echar el cuerpo encima como una lápida, buscar un solo golpe milagroso que no buscó, o de perdis un gesto de rabia que nos mostrara que esa muerte deportiva que estaba sufriendo le importaba algo más que un rábano.

Su padre, pobre padre, me imagino que hoy todavía piensa que mejor hubiera sido no haber nacido. Imagínense, ser Chávez, el Gran Campeón Mexicano y caminar por la vida observado, señalado y preguntado: “¿Qué le pasó a tu hijo?” En su rostro vimos, tras la pelea, una congoja incurable.

Su hijo no tuvo, no tiene lo que él soñaba.

El boxeo no es un deporte blando, ni una actividad para indecisos, timoratos o indolentes. Sólo la fusión de cuerpo y alma en plenitud logra resultados extraordinarios en el ring. El boxeador es el único hombre al que le pegan mientras trabaja.

Le volvimos a creer a Chávez. ¡Qué ilusión! Que estaba preparado como nunca, que buscaría la victoria y que casi seguramente la conseguiría. No hay en sus declaraciones de promoción del combate una sola expresión que se compadezca con lo que fue su desempeño en el ring. Y el espectáculo de la esperada gran pelea, el asunto global, planetario, fue una pandemia de tristeza y desencanto.

Cuando se habla más de lo necesario se dice más de lo conveniente.

Toda lucha conlleva el deseo esencial de ganar. Si no se desea ganar, la lucha no tiene sentido. Es elemental porque si no fuera así se consumaría el más perfecto de los contrasentidos: el de proponerse lograr algo haciendo mucho para no conseguirlo.

Ojalá que Julio César Chávez, el Junior, encuentre un camino en su vida incierta. Ahora es blanco de críticas impiadosas, y ha de creer que el mundo lo rechaza. El boxeo, sin embargo, le ha dado muchas cosas, fama y dinero, y un lugar en el mundo donde a sus 31 años puede enmendar y corregir.

Fue feo lo del sábado pero muchos hombres se han redimido de peores desatinos.

Tiene que haber en este mundo algún remedio para su crisis de fe. Su semblante dice que para él todo está signado por el paradójico triunfo del fracaso. Y el problema no es que así no se puede boxear, es que así no se puede vivir.

Queda de la pelea la frustración y nada más.

Canelo ganó 88,236 dólares por golpe lanzado.

Canelo lo hizo bien, sin partenaire.

A Canelo le faltan dos cosas: una guerra y ganarle a un grande.


esto.com

6 de mayo de 2017

¡Hora de pelear!


Un detalle menor o no tan menor vino a meterle ruido a los preparativos: Omar Chávez le ganó hace siete días al “Inocente” Álvarez en Chihuahua, y lo hizo de manera rápida, inesperada y brutal.

La gran pelea de hoy se nutre con un condimento más, beligerante y sustancioso: es la duda que se hace presente. ¿Podrá Junior hacer lo que hizo Omar? Omar, como su hermano, era un no favorito contra el Álvarez de turno. Pero ganó con la contundencia de una explosión nuclear. Fue el asombro. Nadie vio el desenlace del sábado pasado sin preguntarse si algo parecido no podría ocurrir esta noche en la fabulosa arena T-Mobile de Las Vegas. La percepción de miles de aficionados se vio inevitablemente modificada.

Saúl Álvarez y Julio César Chávez van a pelear esta noche en un combate largamente esperado, y por eso y por muchas otras razones lleno de dramatismo y expectación.

Lo primero que se aprende en el boxeo es que el boxeo es impredecible. Si Pedro le gana a Pablo y Pablo le gana a José, esto no garantiza que Pedro le gana a José. Un resultado nunca puede anticiparse.

Canelo y Chávez Junior van a disputar una pelea inescrutable y bárbara, que en México será la más vista de la historia. Dos televisoras transmitiendo, como cuando juega la Selección Nacional. El mundo de las redes sociales y las comunicaciones baratas y fáciles multiplicándose en millones por estos dos que juran madrearse con televisión al mundo entero.

¿Qué va a suceder, quién va a ganar?, preguntan en las calles y en las redes miles de individuos sin rostro en un coro de ansiedad desbordada que no conoce indiferentes.

¿Quién saldrá avante? ¿Por puntos o por nocaut?

No hay de dónde agarrarse para pronosticar una pelea corta, porque Canelo no ha caído y Chávez ha caído poco. Pero no olvidemos que Tommy Hearns también había caído poco, o nunca, cuando Marvin Hagler lo sepultó con un derechazo letal en el Caesars Palace en 1985.

El 14 de septiembre de 1923 Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo protagonizaron en el Polo Grounds la primera de las llamadas peleas del siglo XX. El choque duró cuatro minutos y se registraron 11 caídas. Fue un duelo inmisericorde y total, a pesar de su brevedad.

Corta o larga, la pelea de hoy apasiona y divide pronósticos en todas las latitudes. Ochenta países la verán por televisión, millones de aficionados la sufrirán, y en México una inaudita hermandad de acción reunirá más feligreses que nunca.

Se habla de este combate desde hace años, desde cuando ellos eran físicamente iguales, desde que tenían sueños parecidos, desde que los dos querían ser uno; y el que haya tardado tanto en concretarse calentó las expectativas como hace un cuarto de siglo aquella otra pelea, la Chávez-Camacho inolvidable.

Tan esperada, esta Canelo-Chávez hizo tejer sueños e ilusiones sinfín en el universo de fanáticos que hoy esperan sedientos el final de la historia.

Tantos años, tantas conjeturas. La pelea pareció irremediablemente perdida. Dos que no se encontraban en el ring y que caminaban por el boxeo distantes y protagonizando otras turbulencias.

Cuando pelearon Carlos Zárate y Alfonso Zamora, cuando pelearon Marco Antonio Barrera y el Terrible Morales eran boxeadores admirados y queridos por el gran público, al revés de lo que en estos años sucedió con Canelo y Chávez Junior.

Seguidos por multitudes, pero cuestionados, polemizados, señalados “inventos de la televisión”.

Eran dos peleadores, sí, pero eran también dos televisoras, dos apellidos, dos promociones, Sinaloa y Jalisco dos estados, y dos cervecerías patrocinando. Una pequeña guerra mundial.

Todos queríamos verla, pero le hablabas de hacerla a Televisa, que tenía al “Canelo”, o le hablabas de firmarla a TV Azteca, que tenía a Chávez, y hacían como que no oían. Nadie quería cargar con una posible derrota. Hubiera sido demasiado grande la humillación.

Estábamos perdidos. Otra vez la historia de la Chiquita González y Ricardo López que nunca se enfrentaron, o del Ratón Macías y el Toluco López, que son lamentos irredentos para la eternidad.

“CANELO” FAVORITO
Que el Canelo sea favorito no le garantiza la victoria. En un ring de boxeo pasan muchas cosas, y la lista de los que en el boxeo no podían ganar peleas importantes y las ganaron, es muy larga. En 1994 Frankie Randall no le podía ganar a un Julio César Chávez invicto en 90 combates, pero le ganó.

Las simpatías y antipatías por los dos no han sido del todo explicadas y en lo que a mí respecta ni siquiera del todo comprendidas. Canelo y Junior no son inmortales del boxeo -no todavía, y no sabemos si alguno lo será-, pero son más respetados por el mundo del boxeo fuera de México que en su país.

En México los dos encienden pasiones tremebundas, mientras Álvarez se ha convertido en el mayor vendedor del mundo del boxeo y el Junior intenta recuperar la ventaja que le sacó los últimos años el rojo peleador de Guadalajara, por su mejor rendimiento.

El torbellino que ha creado esta pelea provoca que el destino le dé una nueva oportunidad al Junior, tan indolente a veces, tan descuidado en una carrera que pudo dar más.

Chávez es un hombre inteligente, pero la inteligencia no siempre se usa en la forma que todos pensamos que se debería usar. Yo no sé si a Chávez le importa proyectar su mejor imagen posible, porque haber hecho su pelea mayor contra Sergio Martínez, haberla descuidado durante 11 rounds, haber mostrado en el último asalto que tenía con qué ganar y no haberlo hecho, y arrojar después un positivo de marihuana es algo imperdonable.

A ese Chávez lo esperamos y lo esperamos a lo largo de los años. “La próxima pelea es la buena, en la próxima voy a estar como nunca, para la que viene sí me preparo” fue un discurso demasiado repetido, y un día nos cansó. Ese día llegó y dije: “ya no confío en él”.

Terrible escenario, porque el talento ahí está, evanescente, dentro de él, de su cuerpo privilegiado y de su mente errática, late bajo la piel. El problema de Julio César no es de músculos, ni de estrategias, es emocional. Fantasmas que lo asaltan de repente y lo amarran con hilos invisibles.

Canelo es un buen peleador y un atleta respetable. Saca su poder con facilidad y lo pone a su servicio. Fortaleza, preparación y una actitud entre mediana y alta para resolver sus peleas. Hace bien lo que sabe y puede, y ha logrado una compaginación admirable con Chepo y Eddie Reynoso que son parte inseparable de su equipo vital.

Los Reynoso también han sido destinatarios de críticas, pero sus números con Canelo son elocuentes: 48 ganadas, una derrota; números que nadie más puede mostrar en la élite del boxeo.

CHÁVEZ, EL OBLIGADO A GANAR
Canelo sobrellevó una pelea round por round con Miguel Ángel Cotto, y la ganó para los jueces. Una pelea parecida, con él especulando y cuidando los márgenes de puntuación, podría darle una ventaja en las tarjetas sin arriesgarse a una batalla cruenta. Es Chávez es el que tiene que provocar un estallido, desencadenar la acción, romper valladares.

Es Chávez el obligado a subir y patear el tablero.

El Chávez Junior que le ganó a Andy Lee, el que derrotó a John Duddy, el que superó con brillantez a Ray Sánchez, el de disparos largos y ejecuciones combinadas y rápidas desde media y larga distancia, el que pueda llevar al Canelo a las cuerdas y confinarlo a un espacio finito para pegarle, es el que puede aspirar a la victoria. En otras palabras, un Chávez que piense en grande, con generosidad y con hambre infinita. Los ganadores desprecian la mentira del mundo de las excusas.

En cuanto a Canelo, es un tipo confiable, que sólo una vez no lo fue, cuando perdió ignominiosamente contra Floyd Mayweather. Aquella noche, al no rifarse en la adversidad, no fue capaz ni de intentar romper el sino inevitable de una derrota total. Pero Mayweather hubo uno solo, y para vencerlo se necesitaban otras armas, otros quehaceres.

Hoy la historia es distinta.

Contra el Junior lo único a probar en el Canelo es su aptitud frente a un hombre físicamente más grande, sabido como es que siempre ha peleado con enemigos más pequeños. La velocidad de Álvarez mermará en este peso, y si recordamos que potencia es fuerza más velocidad su golpeo será proporcionalmente menos dañino para un tipo mejor dotado como Chávez.

El detalle es serio: Canelo subirá 4 kilos arriba de su mayor registro.

El boxeo es un deporte en el que pelean dos iguales, pero conceder ventajas tiene mucho mérito.

Hubo grandes peleadores que nunca se movieron de su división, o que fracasaron al subir, como Carlos Monzón o Wilfredo Gómez, pero es admirable lo que a través de la historia consiguieron otros que con la misma estatura, los mismos huesos y la misma carne engordaron para retar a rivales más grandes. Pensemos en Bob Fitzsimmons, en Harry Greb, en Evander Holyfield, en Henry Armstrong o en Roberto Durán.

He explicado muchas veces que el ‘catchweight’ (o peso pactado) ha existido siempre y es una buena herramienta para facilitar algunos pleitos. Lo demuestra con claridad esta pelea. No pueden pelear dentro de los límites de una categoría tradicional por la razón contundente de que no pertenecen a una misma categoría. Canelo es superwelter, Chávez es supermedio.

¿CHÁVEZ O CANELO?
Habrá que dejar que la pelea fluya. Se pueden analizar hasta el hartazgo todos los detalles, por nimios que sean, el peso, las estaturas, la actitud de cada uno, el bien hacer de estrategias correctamente pensadas por cada bando. Se vale.

Se vale, pero nadie sabe nada. Déjenme les encuentro veinte expertos que dicen que gana Álvarez, y otros veinte que dicen que gana Chávez. Si la acción del cuadrilátero respetara a los que saben Mike Tyson no le hubiera ganado en 91 segundos a Michael Spinks que era el único favorito de los entendidos.

Todo es importante, pero todo es relativo. ‘¿-Qué es la relatividad que usted menciona?’, le preguntaron un día a Albert Einstein. “-La relatividad consiste en que si usted está una hora con una mujer hermosa le parece un minuto, pero si está un minuto con una fea le parece una hora”, respondió el sabio.

Una pelea se termina con un golpe preciso como el de Márquez que noqueó a Pacquiao. Y a la basura todo lo que se pensó y se dijo.

Si Canelo gana se acercará a esa inmortalidad que todavía no alcanza. Le faltará ganarle a Gennady Golovkin, acaso, pero habrá resuelto un pendiente importante. Si gana Chávez revolucionará todo en el boxeo mexicano y sacudirá el boxeo mundial. Habrá que revisar los mejores libra por libra, habrá que replantear las próximas peleas del calendario, y habrá que reconocerle un nivel de rendimiento que por ahora se le niega.

Mi primer pronóstico sobre esta pelea no fue bueno. Dije que habría muertos para conseguir boletos, y muertos no hubo. Pero los boletos desaparecieron a la velocidad del trueno, y hay reventas de 30 mil dólares por un asiento.

Favorito Canelo. Chávez Junior por una sorpresa ecuménica.

La locura. La locura que renace con cada combate planetario. En Moscú, en París, en Sidney, en Buenos Aires y en Managua saben de qué se trata. Dos mexicanos apropiándose de todo el boxeo por un día, en una noche fascinante que ojalá produzca una pelea a la altura de las expectativas que ha creado.

Si es así, seguirá palpitante y vivo el boxeo que edificaron Corbett, Johnson, Pep, Louis, Robinson, Chávez, Ali, Leonard, el mismo que en las grandes noches del ring vuelve a proclamar la pasión que genera con un grito ensordecedor y eterno.


esto.com

19 de marzo de 2017

Chocolatito y Golovkin

Sorpresas en la noche del Madison. Dos fracasos de naturalezas diferentes.

Chocolatito González con un gran despliegue de entrega y valor nadó contra la corriente porque cayó (segunda caída en su carrera) y estuvo cortado desde el principio de la pelea con el tailandés Sor Rungvisai. Acarició la victoria, pero recibió demasiados golpes, como nunca.

En Nicaragua todos lo vieron ganar, como en Tailandia todos vieron ganar a Rungvisai. El Bangkok Post a gran tamaño titula “Nace un campeón” y asegura que el suyo cortó a Román con golpes sin intención.

Yo anoté empate en 113 y estoy obligado a decir que un round para allá o para acá es tolerable en esta pelea. Los jueces se la dieron al de Tailandia e instalaron el desorden en la fría noche de Manhattan, porque González perdía lo invicto, una figura esencial del boxeo de estos días dejaba de ser para muchos el mejor libra por libra, y había un nuevo campeón rompedor de los pronósticos.

Al mejor libra por libra le ganó alguien que no estaba en la élite… ¿Y ahora qué hacemos?

Algunos comentarios que hablan de un gran robo a González parece que sólo lo vieron a él sobre el ring, y desdeñan el acertado trabajo del oriental. Peleó a golpe por golpe, ejercitó la mayor virtud de un combatiente en una pelea a leña y leña que es responder siempre -y cuando se podía con un golpe más que los golpes recibidos- y en muchos pasajes si no fue más luchón sí fue más inteligente. Pegó y pegó a un Chocolatito que cayó en la trampa de aceptar los intercambios francos perdiendo el control de la geografía del ring.

Se podrá decir que en el round por round González ganó, pero yo, que no lo vi perder, no sabría cómo defender una pretendida victoria del púgil del barrio La Esperanza de Managua, porque si se trata de no ser injustos castigándolo, tampoco debemos serlo con Rungvisai por la traición baladí de la voluntad cuando creemos que un latino es más cercano a nuestros afectos que un asiático.

Tengo muchos amigos nicaragüenses y pocos amigos tailandeses, por lo que me permito decir aquí que me entristece este paso atrás, tan severo, tan inoportuno, para el boxeo de esta parte del mundo. Ya lo vimos en la pelea contra Carlos Cuadras, y ahora en ésta en la que González pierde el campeonato. Hay que aceptar que el imbatible que parecía ser no existe, y que en el mundo hay otros que están a su nivel. A los 29 años el gran Chocolate de Managua, que no deja de ser grande a pesar de este desaguisado, debe superar la frustración y diseñar el futuro que aún puede vislumbrar luminoso y feliz.

*****

Si la noche fue mala para Román González, para Gennady Golovkin fue una pesadilla. GGG, la otra estrella del cielo del boxeo que debía brillar y no brilló.

Como el boxeador es el más solo de los deportistas, el único ser humano al que mientras trabaja le pegan, cuando sobreviene una catástrofe como la que vimos, es difícil precisar de inmediato si se trató de una mala noche, del paso del tiempo que comienza a vulnerar a alguien que ya tiene 34, o si hubo algún malestar no revelado que la explique.

Los méritos de Daniel Jacobs no fueron pocos, empezando por que hizo una pelea estratégicamente irreprochable reproduciendo en la mayoría de los rounds lo que sabíamos que necesitaba pero dudábamos que pudiera ejecutar: crear un espacio vasto entre los dos y mantener allá, a distancia, a un GGG que suele embestir como un tren y que cuando caza en las cuerdas es implacable. Jacobs caminó además, mucho y a los costados, con lo que sus piernas ayudaron a blindar la defensa que Golovkin apenas rompió, de vez en cuando, poco, nada.

No se hicieron mucho daño, Jacobs ni siquiera sufrió en la caída, que fue una anécdota en el combate, pero de los dos, el de mejores golpes, el que dominó el ring, el que se equivocó menos, el que lo hizo bien (aunque sea bien a secas) contra el que lo hizo preocupantemente mal, fue el local.

Golovkin no fue Golovkin. Acordémonos que antes de la pelea el mundo se preguntaba si cuándo, si ahora, si ya, podíamos ubicarlo entre los grandes de la historia de peso medio, y ahora su reputación está en entredicho.

Lo de Gennady Golovkin, esta actuación sin argumentos y sin destino, este permanecer sin rumbo en una pelea sin gracia y sin viveza, con el talento dormido o muerto, incapaz de cambiar nada en la adversidad, la mirada perdida de un desahuciado, no fue malo, fue algo peor, un cataclismo. Nunca algo similar le pasó a verdaderos grandes del ring. Todos pierden un día, y tienen un mal rato otro día, pero lo único que no se le perdona a un boxeador es la avaricia de no entregar nada, de quedarse satisfecho con no hacer nada.

Muy mal le va al ganador cuando la victoria es inmerecida, y a mí me parece que esta pelea la ganó Daniel Jacobs por un margen que no debe dejar dudas.

El conteo de golpes, que rápido exhibieron desde la trinchera de GGG después del combate –y esto que digo cuenta también para la otra pelea, Rungvisai – González – suele ser un buen indicador, que ayuda, que aporta datos, pero no es todo para evaluar. Un golpe que te noquea vale más que cien a los que sobrevives, de modo que no todo puede ser empaquetado con la etiqueta “golpes de poder”. ¿200 golpes de poder? ¿Y…? ¿Valen todos igual?

Pierde el boxeo, quizá de forma temporal, el liderazgo que ejercían estos dos en el firmamento de los indiscutidos. Y esto hace daño.

Golovkin estuvo perdido en serio. Extraviado en una pelea que le regalaron los jueces de siempre, los que votan por el que era favorito antes de la pelea, los jueces que no ven, ni sienten, ni sirven. El cáncer que el boxeo no logra erradicar.